sábado, 12 de septiembre de 2026

La historia de la tecnología está llena de predicciones que confundieron posibilidad con certeza. Con la IA, podría estar ocurriendo nuevamente este fenómeno.

 



Hola gente,

Durante los últimos años, la inteligencia artificial ha pasado de ser una tecnología especializada a convertirse en protagonista de algunos de los titulares más inquietantes de nuestro tiempo.

Desempleo masivo, desaparición de profesiones, pérdida de la creatividad, máquinas fuera de control e incluso la extinción de la humanidad forman parte de una narrativa que, con frecuencia, presenta escenarios posibles como si fueran destinos inevitables.

Recuerdo que cuando era niño, vivía atemorizado por los anuncios sensacionalistas del fin del mundo, de los grandes terremotos que se tragarían enormes porciones de tierra, los 3 días de oscuridad, el apocalipsis, el temor en estar en pecado, etc.

Muy joven empecé a ser agnóstico ante una buena cantidad de cosas. No me volví agnóstico porque encontrara razones definitivas para negar una cosa. Me volví agnóstico porque dejé de encontrar razones suficientes para afirmar con certeza aquello que antes aceptaba por "fe", por un simple relato trasladado de boca en boca y que quería que yo fuera puente para continuar su camino. Mis preguntas siguieron creciendo y las respuestas dejaron de convencerme. Ante eso preferí decir ‘no lo sé’ antes que fingir una certeza que ya no tengo.”

Nos hemos acostumbrado a ser dominados por el espectáculo del miedo; en deprimiento del análisis de la evidencia.

Ser agnóstico frente al futuro de la IA no significa negar sus riesgos. La automatización transformará empleos y los deepfakes ya plantean problemas reales. Delegar decisiones importantes en sistemas autónomos exige controles, regulación y responsabilidad. Pero reconocer esos desafíos es muy diferente de afirmar que conocemos de antemano sus consecuencias finales.

La historia de la tecnología está llena de predicciones que confundieron posibilidad con certeza. Con la IA, podría estar ocurriendo nuevamente este fenómeno.

Por eso, quizá la pregunta más razonable no sea «¿la IA nos salvará o nos destruirá?», sino una mucho menos espectacular y bastante más importante: ¿qué evidencia tenemos hoy para distinguir entre un riesgo real, una hipótesis plausible y un buen titular?