Hace unos días empecé a ver Ted Lasso. Curiosamente, después de una copa de vino, la serie me llevó a pensar en algo que he visto repetirse durante más de treinta años trabajando en tecnología.
No hablo de servidores, bases de datos o proyectos.
Hablo de personas.
Con el tiempo uno descubre que no todas las contrataciones persiguen el mismo objetivo.
Hay empresas que contratan para construir.
Otras contratan para transformar.
Pero también existen aquellas que contratan para encontrar a quién cargarle el peso de un fracaso que comenzó mucho antes de que esa persona llegara.
Es una realidad incómoda.
Muchas veces creemos que nos buscan porque somos la mejor opción para resolver un problema complejo. Nos ilusiona pensar que podremos aportar nuestra experiencia, ordenar el caos y dejar una organización mejor de como la encontramos.
Sin embargo, en algunas ocasiones el desenlace ya estaba decidido.
El presupuesto ya estaba agotado.
La confianza ya estaba rota.
La dirección ya había perdido el rumbo.
Las decisiones importantes ya habían sido tomadas.
Y la contratación no era el comienzo de un rescate, sino el último acto antes del cierre del telón.
No eres el capitán del barco.
Eres el nombre que aparecerá en el informe final.
Durante mi carrera he visto excelentes profesionales fracasar en lugares donde, simplemente, nadie podía tener éxito.
Personas inteligentes, responsables y comprometidas que terminaron cuestionando su capacidad, cuando en realidad habían sido colocadas en un escenario donde el resultado estaba condicionado desde el primer día.
En informática esto ocurre con frecuencia.
Llega un nuevo gerente de TI cuando la empresa lleva años sin invertir.
Contratan un DBA cuando las políticas de respaldo nunca existieron.
Incorporan un arquitecto cuando el sistema acumula veinte años de deuda técnica.
Nombran un líder cuando el equipo perdió la confianza hace mucho tiempo.
Después, cuando nada cambia en unos cuantos meses, la conclusión parece sencilla:
"El nuevo tampoco funcionó."
Pero la pregunta correcta casi nunca es esa.
La pregunta debería ser:
¿Realmente alguien quería que funcionara?
Con los años también entendí que este fenómeno no pertenece únicamente al mundo laboral.
Sucede en las relaciones personales.
Hay personas que llegan intentando reconstruir vínculos que llevan años deteriorándose.
Intentan comunicarse.
Intentan comprender.
Intentan cambiar.
Mientras la otra parte ya tomó la decisión de irse hace mucho tiempo.
No buscan reconstruir.
Buscan confirmar que ya no había nada por hacer.
Y entonces aparece alguien dispuesto a luchar una batalla que ya había terminado antes de comenzar.
La experiencia, sin embargo, también enseña algo esperanzador.
No todos los desafíos imposibles son una trampa.
Algunas de las mejores historias profesionales nacen precisamente de proyectos que parecían condenados.
La diferencia suele estar en algo que pocas veces aparece en una descripción de puesto.
La voluntad real de cambiar.
Cuando existe esa voluntad, incluso con pocos recursos, los equipos encuentran caminos.
Cuando no existe, ni el mejor profesional del mundo puede fabricar compromiso donde nadie quiere asumirlo.
Si pudiera dar un consejo a quienes apenas comienzan su carrera, no sería "acepten todos los retos".
Sería algo distinto.
Aprendan primero a identificar la naturaleza del desafío.
Antes de aceptar un puesto, hagan preguntas difíciles:
Sucede en las relaciones personales.
Hay personas que llegan intentando reconstruir vínculos que llevan años deteriorándose.
Intentan comunicarse.
Intentan comprender.
Intentan cambiar.
Mientras la otra parte ya tomó la decisión de irse hace mucho tiempo.
No buscan reconstruir.
Buscan confirmar que ya no había nada por hacer.
Y entonces aparece alguien dispuesto a luchar una batalla que ya había terminado antes de comenzar.
La experiencia, sin embargo, también enseña algo esperanzador.
No todos los desafíos imposibles son una trampa.
Algunas de las mejores historias profesionales nacen precisamente de proyectos que parecían condenados.
La diferencia suele estar en algo que pocas veces aparece en una descripción de puesto.
La voluntad real de cambiar.
Cuando existe esa voluntad, incluso con pocos recursos, los equipos encuentran caminos.
Cuando no existe, ni el mejor profesional del mundo puede fabricar compromiso donde nadie quiere asumirlo.
Si pudiera dar un consejo a quienes apenas comienzan su carrera, no sería "acepten todos los retos".
Sería algo distinto.
Aprendan primero a identificar la naturaleza del desafío.
Antes de aceptar un puesto, hagan preguntas difíciles:
- ¿Por qué se fue la persona anterior?
- ¿Cuántas personas han ocupado ese cargo en los últimos años?
- ¿Qué decisiones puede tomar realmente quien ocupe el puesto?
- ¿Existe presupuesto para cambiar las cosas?
- ¿La dirección está dispuesta a modificar aquello que provocó el problema?
El talento es importante.
Pero también lo es elegir las batallas correctas.
Y para quienes ya acumulamos algunas décadas de experiencia, el aprendizaje quizá sea diferente.
No debemos confundir resiliencia con sacrificio infinito.
No tenemos que demostrar constantemente que podemos salvar cualquier proyecto.
Hay momentos en que la mayor muestra de madurez profesional consiste en reconocer que una organización no busca soluciones.
Busca un responsable.
Y son dos cosas completamente distintas.
Decir "no" también forma parte de la experiencia.
Renunciar antes de convertirnos en el chivo expiatorio de decisiones ajenas también es una forma de proteger nuestra integridad profesional.
No porque tengamos miedo de fracasar.
Sino porque entendimos que no todo fracaso nos pertenece.
Después de tantos años sigo creyendo que las personas pueden cambiar organizaciones.
He visto equipos extraordinarios lograr cosas que parecían imposibles.
Pero también aprendí que ninguna persona, por brillante que sea, puede reemplazar la voluntad colectiva de hacer que las cosas no funcionen.
Hay barcos que todavía pueden repararse.
Y hay barcos que solo buscan un nuevo capitán para explicar por qué terminaron hundiéndose.
La experiencia consiste, precisamente, en aprender a distinguir unos de otros.
Porque, al final, el verdadero éxito profesional no siempre consiste en salvar todos los barcos.
A veces consiste en reconocer cuáles todavía quieren navegar.
No me hagan mucho caso, yo ya estoy un poco viejo y creo que la entrada en años me empieza a pasar factura.
Solo tengan presente una cosa, la vida es corta, mucho más de lo que crees cuando tienes 20, 30 o 40 años. Despues de los 50's, sólo piensas en una cosa: Como tener paz y como vivir bien.
Algunos dirán que con 58 años, aún me queda mucho por hacer. Y si, tienen mucha razón, pero mis prioridades actuales, son muy distintas a las de hace 20 años atrás.
En ocasiones, desearía correr detrás de un balón, saltar y golpearlo como lo hacía cuando tenía 20. Pero la realidad es otra. Mi cuerpo me lo recuerda cada mañana al levantarme y cada día al final. Ya no soy lo mismo y nunca más lo volveré a hacer. Esa es la realidad.
Lo único que nunca deberíamos permitirnos es cargar con la culpa de un fracaso cuya causa nunca estuvo en nuestras manos.
Y hay barcos que solo buscan un nuevo capitán para explicar por qué terminaron hundiéndose.
La experiencia consiste, precisamente, en aprender a distinguir unos de otros.
Porque, al final, el verdadero éxito profesional no siempre consiste en salvar todos los barcos.
A veces consiste en reconocer cuáles todavía quieren navegar.
No me hagan mucho caso, yo ya estoy un poco viejo y creo que la entrada en años me empieza a pasar factura.
Solo tengan presente una cosa, la vida es corta, mucho más de lo que crees cuando tienes 20, 30 o 40 años. Despues de los 50's, sólo piensas en una cosa: Como tener paz y como vivir bien.
Algunos dirán que con 58 años, aún me queda mucho por hacer. Y si, tienen mucha razón, pero mis prioridades actuales, son muy distintas a las de hace 20 años atrás.
En ocasiones, desearía correr detrás de un balón, saltar y golpearlo como lo hacía cuando tenía 20. Pero la realidad es otra. Mi cuerpo me lo recuerda cada mañana al levantarme y cada día al final. Ya no soy lo mismo y nunca más lo volveré a hacer. Esa es la realidad.
Lo único que nunca deberíamos permitirnos es cargar con la culpa de un fracaso cuya causa nunca estuvo en nuestras manos.

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